Caracas

Caracas posee una temperatura tan estupenda que sus moradores se dan el lujo de quejarse, cada tanto, del calor o del frío. A diferencia de los de otras ciudades del mundo, están tan poco acostumbrados a las adversidades del clima que hacen, hasta de una lluvia de temporada, la colectiva explicación a su impuntualidad y falta de previsión.

Caracas posee una luz tan generosa que sus autoridades suelen desdeñar la importancia de un eficaz sistema de alumbrado público, a la vez que permiten atrocidades como edificios de espejos, como si reflejar el sol fuese una de las necesidades perentorias del feroz mediodía del Caribe.

Caracas era un valle tan fresco, que nadie entendía la importancia de mantener despejado  el camino de la brisa que limpiaba su aire, y se permitió una desordenada explosión de desarrollos de viviendas que taponaron esos caminos. La distancia y el olvido impiden un sereno balance, pero no es de extrañar que ese veloz crecimiento que significó Palo Verde y La Urbina en un tiempo relativamente corto, haya sido tan dañino para nuestra calidad de vida como lo es la proliferación de edificios de la “Misión Vivienda” en cuanto rincón de la ciudad “esté pagando”, como se le dice, en argot callejero, a todo cuanto esté fuera del alcance de la mirada de su dueño.

Si la comparamos con otras capitales del continente, Caracas es una ciudad de proporciones más bien modestas, que tenía en las colinas que rodeaban al valle en que se asentó, una fuerte limitante para su crecimiento. No obstante, sus autoridades, lejos de planificar rigurosamente ese crecimiento para aprovechar al máximo las características de su topografía, lo dejaron en manos de terceros, hayan sido urbanizadores registrados bajo una compañía anónima o urbanizadores espontáneos que improvisaron su hogar con materiales de desecho. De ahí que en su paisaje urbano se vea por igual infinitas escalinatas de asimétrica hechura o calles enteras de edificios sin aceras.

En “cerro” o en “colina”, nadie pareció supervisar como crecíamos.

En Caracas lo que debiera ser público, es privado. Como el transporte (la palabra misma lo dice) público. O los servidores (volvemos a redundar) públicos. Pero los primeros nacieron de iniciativas privadas que escaparon de todo control sobre el servicio que prestan y, por la misma razón, en no pocas ocasiones los segundos ni son servidores ni resguardan los intereses públicos. Eso, sin contar los funcionarios armados por la nación alquilados a la protección de unos vivos que entienden gobierno como poder, o de comerciantes que puedan pagar la tarifa vigente.

Y eso por no hablar de los espacios comunes. Los restaurantes de Las Mercedes confiscan las aceras con la misma impunidad que lo hacen los buhoneros de La Candelaria. En ambos casos las autoridades se hacen la vista gorda. Después de  todo, unos dan votos y otros pagan impuestos municipales.

Los espacios públicos, se entiende, dan trabajo, no dinero.

En Caracas, luego de este desastre acumulado que se ha acelerado de manera exponencial durante los últimos quince años, causa estupor ver cómo “las autoridades” pasean su ostentación en costosas camionetas blindadas en medio de un despliegue de guardaespaldas, viendo desde sus ventanas polarizadas el fruto de su labor, más a la usanza de zares de negocios ilícitos que de modestos funcionarios escogidos para administrar nuestros bienes comunes.

Ya lo dijo San Agustín: «La soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano.»

Caracas es un hermoso valle que pudo haber sido el paraíso en la tierra, pero gracias a la riqueza súbita del petróleo y a la machacona épica con la que nos amamantaron, desaprovechando las bondades naturales que nos ofrecía, nos empeñamos en convertirla en lo que no iba a poder ser, para terminar haciendo de este hermoso valle un pequeño pero eficaz infierno en la tierra.

Pero aquí emerge, nítido como un solo de trompeta en lo alto de la colina, las chamánicas palabras de Rafael Cadenas, cuando advierte que «solo en un sitio puede ser derrotada una sociedad: en el pecho de cada hombre». Por tanto, mientras haya pechos latiendo y haya anhelos y haya gente viendo crecer en sus predios a su descendencia, habrá la posibilidad de hacer de ella algo distinto.

Sería valioso, entonces, resaltar ciertas verdades: somos una ciudad del Caribe. Somos una pequeña y fresca ciudad del Caribe, rodeada de verdes y amables colinas. No somos ricos más que en belleza natural y en la naturaleza normalmente alegre de sus habitantes. No somos hijos de la gloria. Esa épica cantada por Eduardo Blanco fue en realidad una salvaje matanza que, como toda matanza, sacó lo peor de nosotros. Lejos de ensalzarla, nos toca exorcizarla para siempre de nuestro pecho.

También, otras sencillas verdades, claras y portentosas como el agua fresca. Lo público no es que no es de nadie, es que es de todos. Todo cuanto hacemos repercute en miles de desconocidos, por lo que debemos actuar con mucha responsabilidad.

Entonces, lo público es de todos. El otro es parte del “todos”. Lo de otros se respeta.

Y así, un día, de tanto ser sensatos en lugar de ser grandes, haremos de este hermoso valle, un hermoso valle con ciudadanos merecedores de sus bondades.

“¿Cuántos dicen amén?”, como se escucha decir en el metro.

La vida que nos espera

Cuando hablamos de ficción y no ficción, suele plantearse un debate inútil: el de la presencia o no del ego del autor. Una de las críticas más recurrentes a la no ficción, en especial en sus presentaciones literarias (diario, memorias, autobiografías, biografías, confesiones) es la preeminencia del yo como objeto último del relato. La extraña condena de contar una vida o la de otros con la mayor fidelidad posible. Sabemos que la memoria en verdad son varias memorias (la inconsciente, la de nuestros padres, la de los otros, la memoria pública, y la nuestra, que vamos editando y rehaciendo en el paso del tiempo); que todo lo que contemos tiene una perspectiva diferente en los demás y que estamos obligados, en especial desde la llegada del periodismo como discurso no ficcional principal, a tener respaldo de lo que estamos diciendo. Este respaldo son los archivos colectivos o privados: fotos, videos, estampitas, documentos, recuerdos de primera comunión o matrimonio, papeles de otros, textos diversos. En este sentido, la no ficción tiene mucho en contra. Más aun en Venezuela, en donde desconfiamos profundamente de lo ficcional. Todo debe plantearse desde el discurso de “lo real”. Somos gente que olvida muy rápidamente, en especial en términos colectivos, y muy obsesionada con “lo que pasó”. Entendemos todo lo que leemos desde lo comprobable. Esto incluye el discurso histórico, por supuesto, pero engloba a la crónica, la novela histórica y todo aquello que tenga una base en la realidad documentada. A esto, sumamos nuestra condición de país “creyente”, así que incluimos como real todo lo que pueda considerarse paranormal, fantasioso, determinado por la fe. Todo fantasma es siempre real. Esto incluye lo más inverosímil. Todos tenemos derecho a creer en lo que queramos creer, eso está bien (en este libro, hay varios fantasmas). Quizás el problema esté en la imposibilidad de la fantasía, de lo determinado por el mito, o simplemente de aceptar un pacto que contemple a la imaginación como discurso desde el que se acomete una obra literaria.

Por otro lado, la ficción literaria, en especial en los escritores y algunos editores, goza de un favor desmesurado. Uno de los argumentos en contra de la no ficción (entre algunos poetas, que es cosa de periodistas; y periodistas desde el mayor desprecio. Pienso en Auden, por ejemplo), es la desmesura del ego o del yo. Como si todos los narradores fueran monjes budistas. Como si fueran alguna reencarnación de Fernando Pessoa y sus heterónimos. Pensar que el ego no se manifiesta a través de  las creaciones ficcionales es una gran tontería.

En la no ficción, el yo se cuenta desde el zoom de la cámara. En la ficción, aparece pixelado.

Cuenta desde dónde estás contando y cómo lo estás contando.

Héctor Torres tiene, desde Caracas muerde por lo menos, trabajando la crónica, la memoria, desde la condición simple del relato. Cuenta una historia y agrega aquello que la misma historia necesite para ser eficiente, sea real o no. Esto, hace estallar el cerebro de mucha gente. Ha ido creando un estilo propio, que le funciona, y navega con él. En Presencias extrañas, encontramos otra cosa. Torres suele contar las historias de otros, las que ha oído, visto, palpado. Las transforma en un híbrido de crónica ficcional o un relato de la memoria. En la obra que nos convoca hoy, se ha permitido nuevas licencias.

La primera, la osadía de hablar de la infancia o la juventud. A diferencia de literaturas como la alemana o la inglesa, no hay abundancia de ello en nuestra tradición literaria. Ojo: no digo que no exista: digo que no abunda. Pienso en ese hablar de la infancia desde el recuerdo o en la juventud como bildungsroman. Dentro de lo no ficcional, como nos ha enseñado la profesora Violeta Rojo, la infancia como memoria narrativa (no mítica, no desde la poesía) la encontramos en Alirio Díaz, en Alejandro Otero, en Picón Salas, en Briceño Iragorry, en Federico Vegas, en Victoria De Stefano. Como ficción, en Antonia Palacios, Antonio Arráiz, Francisco Massiani. La juventud ha tenido más presencia en Massiani, Méndez Guédez, Chirinos y, más recientemente, en Eduardo Sánchez Rugeles, por citar algunos. He dicho osadía, porque hablar de la infancia o la juventud en Venezuela, como bien nos enseña Violeta Rojo, es hablar de un contexto por fuera de la plaza pública, del salir “a la vida”, a la política. La vida privada es asunto de chismes y silencios de familia. Una segunda licencia, es hablar de una memoria del amor. Torres ha explorado estos derroteros en otras obras, pero aquí lo hace desde su propia vida. Es la mayor desnudez posible y requiere valentía, entereza y talento. Y la tercera licencia, la más osada de todas, es que se permite hablar, explorar su vida, las diferentes memorias de su vida sin presentarse desde el ego del escritor.

Presencias extrañas no es una memoria de cómo se fue haciendo un escritor, un hombre de letras, un autor. Es frecuente encontrar este tipo de memorias entre los escritores, y hay un público lector ávido de ello. Presencias extrañas es una memoria de cómo se fue haciendo un hombre. Un hombre no muy diferente del común o muy diferente. Un hombre como los demás y cómo  solo él pudo haber sido.

Lo medular de este libro, lleno de pensamientos dignos de recordar, está en “Lo que habla por nosotros”:

“Hay una pregunta que cada tanto me asalta durante las noches de inventario: si existiese alguna memoria universal que repasara cada una de nuestras acciones a fin de emitir su juicio sobre nuestro paso por la tierra, ¿qué nos definirá al final del camino? ¿nuestro acto más desprendido o nuestro acto más ruin?”

 

En presencias extrañas encontramos postales de momentos de la vida de Torres, de momentos neurálgicos de la misma, de momentos ancla, como me gusta nombrarlos. Esos que van marcando un antes y un después. Ahí, reflexiona sobre la vida, la muerte y el amor.

Hay en este libro más de Oliver Sacks, Mark Oliver Everett, Viktor Frankl, Thomas Lynch, que de Alberto Giordano, Emmanuel Carriere, o Gabriela Wiener. Presencias extrañas no es una memoria literaria; es una memoria de vida contada por un escritor. Me atrevo a decir más: una memoria de una vida sin épicas ni heroísmos. Es la historia de un hombre común y corriente, sin estatuas. De alguien que también podríamos ser tú o yo. He ahí lo magnífico de la literatura, ficcional o no: podemos ser todos los hombres o mujeres (como lectores o escritores) y podemos ser también lo único, lo singular: aquello que es solo nuestro.

Por último, no puedo dejar de permitirme una licencia, una osadía, como presentador de este libro. Para mí Presencias extrañas es un libro de pequeños ensayos autobiográficos, de ensayos narrativos, de reflexiones, meditaciones, sentencias, de vida. Es un libro que se escribe con la muerte cerca, acabada de ocurrir. También, como el mismo autor nos dice en el libro, porque ya se pasó la mitad de la vida y hay que hacer balance. En este sentido, hay en este libro más de Montaigne que de Cervantes. Espero entiendas el guiño.

Presencias extrañas es un libro escrito desde la gratitud.

No puedo dejar de pensar que es un libro para sus hijos, pensando en esa común aspiración del ego, del yo, tan despreciado por los santos del mundo pero tan humano, tan común, tan humilde también: para que no lo olviden.

 

Palabras de presentación de Presencias extrañas, a cargo de Ricardo Ramírez Requena, el pasado 1° de junio de 2022, publicadas en Papel Literario, El Nacional (25/06/2022)

 

Being Sergio Blanco

La literatura es una mentira que dice la verdad.

Juan Rulfo

 

Existe una vieja (y obedientemente acatada) tradición lectora que separa la literatura entre ficción y no ficción, que no es otra cosa que una necesidad de distinguir entre lo que es y lo que no es verdad. El asunto no deja de ser paradójico: si la ficción engloba lo imaginado y lo posible, entonces toda expresión estética bebe de las difusas aguas de la ficción, ya que necesita de la imaginación para ser.

El dramaturgo franco-uruguayo Sergio Blanco lo sabe, y por eso la frontera entre realidad y ficción (actores y personajes) e, incluso, entre la función y el público (la representación y los asistentes) en sus obras, se disuelve en un remolino de capas con el fin de desmontar en el espectador toda certeza, llevándolo a aceptar la esquiva realidad que se le presenta como la única herramienta de la que dispondrá para lidiar con aquello que se le cuenta. Y deberá hacerlo, no como pasivo cómplice, sino como copartícipe de las mismas.

Saber qué es verdad y qué es mentira termina siendo irrelevante en los universos contenidos en estas obras. Ni siquiera porque los personajes se construyan frente a los ojos del espectador. Lo único que este terminará por entender es que sus desenlaces son ineludibles. Esquivos, pero ineludibles. Como el prestidigitador que nos dice, con vieja maña y sospechosa frecuencia, que no perdamos de vista en qué vaso está la bolita, para terminar desengañados cuando señalemos el equivocado. Ese que jurábamos que la contenía.

Tebas Land, por ejemplo, parece el vaciado de un personaje sobre otro que debe encarnarlo, pero valiéndose del mismo actor para representarlo. Esto permite al dramaturgo conversar con ambos e ir disertando sobre su creación. De alguna manera, el personaje que hará de personaje queda esculpido en el personaje que hará de actor que lo representará, editando y alterando en el recipiente lo que él personaje dramaturgo decide que conformará al otro.

¿En qué vaso está la bolita? ¿Qué diferencia el modelo del modelado? ¿Cuándo el actor que nos jura que no es Sergio Blanco («pero ustedes me van a ayudar, creyendo que lo soy»), en La ira de Narciso, deja de ser el actor para ser el dramaturgo? ¿Cuándo nos enteramos de que, en medio de eso que parecen los preparativos, la obra tiene rato de haber comenzado? ¿Están siguiendo el vaso en el que está la bolita?  ¿Seguro?

Veamos si prestaron atención.

 

La muerte acecha y teje los nudos que enlazan las piezas de esa trilogía compuesta por Tebas Land, La ira de Narciso y El bramido de Dussendorf. La muerte como tema y como representación, en sus diversas aristas: el miedo a la muerte, la repulsión ante la muerte, la muerte buscada para evitar que sorprenda, la muerte del personaje… La muerte y el arte, sea como culto a aquella (“En el arte nos enamoramos de cosas muertas. De cosas que no tienen vida… Y pasamos horas contemplando obras que no han hecho más que matar lo real”), o como como acto de resistencia (“…pero no tanto un acto de resistencia en el sentido político o social, sino un acto de resistencia metafísica ya que toda obra de arte resiste finalmente a la muerte”). Incluso, y a contracorriente de la experiencia humana, la muerte que no lo es, haciéndonos dudar de lo único que solemos dar por definitivo.

En el juego de opuestos que no son tales, en la obra de Blanco, la muerte se presenta en pliegues en los que lo real y lo fingido, lo tangible y lo metafórico, desdibujan y desmienten sus fronteras. Pasa con la muerte del padre, que se representa como un dictado consciente del autor/director, mientras se diserta acerca del hecho de que Edipo es un parricida involuntario que no sabe que ha matado al suyo. Representar la muerte del padre afirmando que todo parricidio es tan inevitable como involuntario. Edipo siempre matando al padre (siquiera en el terreno de lo imaginado) para poder existir.

Lo inevitable del hecho lo libra de culpa.

 

Como en los sueños y en los juegos de los niños, en las obras de Blanco las convenciones se van definiendo según las necesidades del discurso. “Muy seguido Sergio dice que la autoficción es el lado oscuro de la autobiografía y que ahí en donde hay un pacto de verdad como es el caso de la autobiografía, en la autoficción hay un pacto de mentira”, le dice al público Carolina Torres, un personaje de El bramido de Dussenldorf, para presentar al dramaturgo a continuación: “Sergio tiene cuarenta y tantos años. No le gusta decir su edad y por eso no me la deja decir. Es una persona encantadora y muy generosa. Esto sí me lo deja decir. Además de escribir y dirigir, pasa todo el tiempo dando clases y dictando conferencias y seminarios por todas partes. Esto también le encanta que lo diga».

Esta es una constante en sus piezas. Un personaje alimentando en el espectador la duda de aquello que va a aseverar para luego presentar a su creador como el titiritero de las afirmaciones que salen de su boca. El dramaturgo como personaje, presente o no. El actor que dirige el ensayo de representación que veremos, pero que ya estamos viendo. Unas pocas verdades verificables en un océano de afirmaciones dudosas.

Más que pacto con la mentira, es un pacto con la incertidumbre.

Es el truco de fingir que entre el autor y el espectador no media, precisamente, un artificio. La realidad que se presenta como ficción, y viceversa. En ese desconcierto es donde comienza el juego en el que el espectador se ve obligado a ver la realidad de otra manera. A aceptar un juego en el que esta no es lineal. Ni confiable. Y acaso ni siquiera es.

¿Seguro que la bolita está en este vaso? Vamos a levantarlo a ver.

 

ADENDA

Cuando todos los planos que entran en juego son (pueden ser) ficticios, toda realidad es, también, simbólica. Una representación. Espejos de espejos en los cuales no existe el original. Las autoficciones de Sergio Blanco entrañan una inmersión a la realidad (y a la imaginación) a través de varias capas. Una travesura de prestidigitador,  para hablar sobre la vida y la muerte partiendo de sí mismo, con la sencilla y potente eficacia de los sueños y de los juegos de niños.

Y si una agrupación ha sabido interpretar ese carácter onírico, absurdo, maravilloso de los textos de este original autor, es Deus Ex Machina, cuyas puestas en escena trasmiten con cincelada eficacia la esencia de sus elaboraciones imaginativas, al punto de parecer las representaciones de los sueños (o las pesadillas) que viven dentro de la cabeza de Blanco.

En estas semanas hay una magnífica oportunidad de disfrutar del Ciclo Sergio Blanco, que esta agrupación está montando en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural, en Caracas.

En medio del hastío que produce una realidad política y social empobrecedora del alma y de un poder cuyo accionar fulmina esa savia de la existencia que llamamos imaginación, estos espectáculos son un chorro de vida que nos lleva a sentirnos, durante ese breve e infinito instante que dura el arte, viviendo dentro del mundo. Del mundo posible. Del mundo imaginable. Si pueden verlos, no dejen de hacerlo.

Es de esas oportunidades que no se repiten con facilidad.