Apuntes mundanos sobre la ética

Se puede creer en la honestidad de muy pocas cosas. No es irrisorio el desencanto que nos va dejando el camino. Esto no es esencialmente malo. En última instancia, se trata del necesario ajuste entre las expectativas en contraste con la media de las experiencias dejadas por el contacto con el Otro. Nadie nos alertó a tiempo, y aquí estamos, con nuestra melancólica carga de derrotas a cuestas.

Bien visto, quizá se trate de una secreta forma de preservar la esperanza. Algo así como aprender a no esperar del mundo más de lo que el mundo está preparado para dar.

Hay algo de sensatez en esa operación. La sensatez de entender que uno puede intentar remediar los actos propios, y hasta remediar el rasero con el que se entiende con el mundo, pero no juzgar los ajenos ni pretender indicarles el camino. No esperar mucho de la gente y delimitar el tamaño de la esperanza, termina siendo, más que un acto de sensatez, un acto de sabiduría. Lo otro sería alimentar el resentimiento, por algo tan inevitable como el hecho de que el hombre es el hombre.

Allí radica uno de los problemas sustanciales del concepto de moral.

 

Esa sabiduría privada lo lleva a uno a ir revisando y ajustando, en tanto pasa el tiempo, la lista de las cosas en cuya honestidad todavía cree. Es una íntima normativa de convivencia con el mundo. Porque uno comienza el camino creyendo en todo y, con suerte, termina por entender que todo es posible. Para bien y para mal.

Sutil y salvadora diferencia.

Pero este desplazamiento de la forma de la esperanza se da en tanto uno sabe guardar distancias y ver las cosas con sana suspicacia. Una suspicacia  no fanática ni amargada, sino la necesaria para no empeñar la fe en algo tan veleidoso e indescifrable como la naturaleza humana.

Poner distancia es, paradójicamente, una forma de preservar la fe. No esperar nada con la esperanza de sorprenderse gratamente. Ese pasar de creerlo todo a creerlo todo posible ofrece un margen donde la historia merece ser contada. Supone no cercenar la posibilidad de tropezarse con el milagro.

Los ojos inocentes reconquistan territorios perdidos afirmó, con enorme lucidez, el poeta Rafael Cadenas.

 

Hay honestidades irrefutables, como la mordida del deseo, que es impersonal y migra de tanto en tanto. El amor, sobre el que tanta fe se suele poner, dura apenas lo que tiene que durar. Esa fe desengañada es tierra fértil para ese infierno llamado despecho. La amargura del desamor está relacionada con el equívoco de que la intensidad que despierta (y que promete) será ilimitada, acaso, en el espacio, más no en el tiempo. Es lo que nunca terminamos de entender.

Se puede creer, también, que hasta los siete años somos usualmente buenas personas, y en adelante le agarramos la caída al juego. O le agarramos el gusto. Dependiendo del grado de cinismo con el que nos hayan alimentado en casa, usamos la herramienta para aprender a fingir con mayor o menor responsabilidad.

Le agarramos la caída o le agarramos el gusto, he ahí una bifurcación. Es una decisión propia, aunque no siempre consciente. Hasta los siete años, no sólo somos buenas personas, sino que también somos brillantes. En adelante, ayudados por la escuela y ciertos prejuicios y convenciones, comienza un desgaste que algunos logran paliar y la mayoría no. La presión social nos impele a ser despiadados. Perdemos la curiosidad. Por eso dicen que el artista es un niño que se niega a crecer. Por eso es lícito desconfiar de la gente sin imaginación, de quien se orienta en esta cosa sin forma ni brújula que es la vida, a punta de dogmas y recetas aprendidas al caletre.

Vigilando que los demás la acaten, se olvidan de vigilarse a sí mismos.

Podemos creer que la gente, tarde o temprano, se traiciona. Y eso hasta es deseable, porque crecer es traicionarse. De hecho, estaría bien de no ser porque hay los que seducen a otros en ese proceso privado, y cuando migran a otras tierras dejan a aquellos a la deriva.

Para ilustrar la idea, un joven poeta denuncia cada tanto las triquiñuelas del país literario y la inanición de los intelectuales, sin sospechar que esa denuncia entraña la semilla de su propia traición. Que bastará el primer aplauso domesticador para dar inicio, íntimamente, al ineludible proceso de convertirse en la negación de lo que creía ser.

Que, a la vuelta de la esquina de su vida, él será ese que antes denunció.

Por eso es difícil creer en la palabra y la acción desinteresada de toda búsqueda de poder. No por antipatía manifiesta, sino por consciencia de las reglas de su juego. Nadie que vive de sopesar la conveniencia de sus alianzas y sus declaraciones puede empeñar su palabra con demasiadas garantías. Así exhiba la denominación de origen de sus intenciones.

Se puede creer en la honestidad del odio, y por eso mismo se aconseja evitar su guía. Se puede creer que, efectivamente, mucha gente tiene su precio y que basta la oportunidad debida para que encuentre quien lo tase. Aunque también se puede creer en los pequeños actos de heroísmo. Y en la generosidad y en la bondad. Usualmente, por genuinas, se desarrollan en silencio, como quien no se da cuenta de estar haciendo magia.

Y se puede creer en la ética.

 

Cuenta Sogyal Rimpochè, en el Libro tibetano de la vida y de la muerte, que cuando era pequeño “mi familia tenía un criado maravilloso llamado A-pé Dorje, que me quería muchísimo. En realidad era un santo, y no le hizo daño a nadie en toda su vida. Cada vez que yo hacía o decía algo dañino, inmediatamente me advertía con suavidad, «Vamos, eso no está bien», y de este modo me instiló el profundo sentido de la omnipresencia del karma, y el hábito casi automático de transformar mis reacciones si surgía algún pensamiento nocivo”.

Tal filtro es el que hace la diferencia. Por tanto, se debe creer, como sistema mayor para vivir ese solitario viaje que es la vida, en el deseo de actuar con honestidad por el acto en sí, y no por el temor a las consecuencias, como lo quiere la religión. Y los partidos políticos, que son otra religión. “Lo importante —le comentó Jorge Luis Borges a Osvaldo Ferrari, a propósito de ese tema— es juzgar cada acto en sí mismo, no por sus consecuencias, ya que las consecuencias de todo acto son infinitas, se ramifican en el porvenir y, a la larga, se equivalen o se complementan”.

Hay quien solo puede leer la vida en prosa, cuando otros, más afortunados, son capaces de leerla en poesía. En este caso, tener la suficiencia y la humildad de responder a uno mismo, y no a ningún órgano fiscalizador externo. Tomando decisiones a cada momento. Decisiones éticas. Por eso, por la humildad con la cual se concentra en revisar los actos propios y no a vigilar los ajenos, antes y no después de ejecutados, es que creo que vale la pena ir por la vida desarrollando un sentido ético, y dejar la moral para los que están convencidos de tener la verdad en la mano.

Con el tiempo, cada quien responderá ante sí por lo que hizo con su vida. Y si fue tan pobre que necesitó joder a otros para lograrlo.

Un mapamundi hecho de voces

Aunque miles, decenas de miles, millones de fotografías de todos los rincones de la tierra estén al alcance de nuestras pantallas, aunque google map nos permita “caminar” por las más inesperadas calles del planeta, nunca dejaremos de sentir ante esas imágenes la fascinación o el recelo que produce lo desconocido.

De hecho, aunque vivamos una época estrambóticamente visual que nos deja la impresión de no haber rincón de la tierra que no haya sido fotografiado y compartido en las redes sociales, no deja de estremecernos la evocación que palpita entre los pliegues de sonoridades como Estambul, Palermo, Toluca de Lerdo, Shiraz… Sonidos que contienen sus propios aromas, sabores, tonos y, sobre todo, sus peculiares modos de agenciar la vida.

¿Dónde existen las ciudades sino en los recuerdos de quienes caminaron por sus calles, atravesaron sus soledades y erigieron íntimos monumentos que atemperen la fugacidad de su paso? ¿Qué sentido puede tener una esquina, un puente, una callejuela, un banco de un viejo parque, sin una anécdota que lo proclame parte de una vida? ¿Dónde palpita ese universo de líneas, formas y colores hecho por el hombre sino en el latido de un corazón que dejó su rastro en algún rincón que hizo suyo?

Las ciudades son símbolos que nacen en los ojos de aquellos a quienes se les revelan. Por eso no bastan las imágenes si no hay quien cuente una historia que les otorgue sentido. Las ciudades son un tupido tapiz hecho de miles de miradas, íntimas y generales al mismo tiempo.

De esa certeza parte Gisela Capellín para hilvanar las historias contenidas en Lunas compartidas: de saber que no hay imágenes que tengan sentido si no evocan una historia. Si no entrañan el aliento de quien contó sus propios esplendores y desventuras al atravesar esos paisajes.

 

Cuando tuve este pequeño volumen entre mis manos, y antes de sumergirme en sus páginas, me pregunté qué me esperaría detrás de esa bella portada. Es el importante momento del acercamiento a un libro nuevo. El índice, confeccionado por una lista dispar y aparentemente aleatoria de nombres de ciudades, permitía conjeturar que se trataba de un diario de viaje. Luego descubriría que no lo era.

No, en rigor. Aunque de alguna manera sí.

En todo caso, cuando descubrí que se trataba de un coro de voces contando historias en escenarios heterogéneos, me resultó acertada la idea de apelar a las lunas como ese plural que congrega las singularidades de esos relatos personales. Después de todo, el sol es el mismo para todos. Las lunas, en cambio, son tantas como personas las contemplan. El sol testimonia nuestra vida cotidiana. La luna observa sigilosa eso que somos cuando nadie mira, y nos guarda el secreto. Es ella la que nos hace sentir únicos. La de los recuentos de vida. La que se comparte con quien dejará constancia de esas historias que algún día contaremos.

Lunas compartidas propone un viaje hilvanado por voces que relatan vivencias marcadas por las ciudades que les sirvieron de telón de fondo. Son historias que se construyen apelando a diversos recursos y procedimientos: desde crónicas de viajes hasta cuentos cortos. Desde anécdotas ligeras hasta melódicos perfiles, produciendo una disímil amalgama de tonos en los que no son infrecuentes ni los persuasivos arranques ni los finales que parecen agotarse en el camino de la revelación que asoman.

Muestras de una y otra cosa lo encontramos en las primeras líneas de Shiraz, con su capacidad de invitar a la aventura en brevísimas líneas, por una parte, o por la otra en el final de Estambul, cuya resolución deja escapar toda la energía acumulada a lo largo del relato dejando pasar la posibilidad de administrar la tensión de una forma más dolorosa y, por tanto, más indeleble para el lector.

Pero así de heterogénea es la condición humana. Hay experiencias más intensas y experiencias más ligeras, y todas tienen espacio en el gran relato humano.

 

En este breve volumen, mapa de lugares pero también de momentos, hay retratos espirituales de las ciudades, como en Budapest. Pero también velados homenajes, como en Praga, texto que ofrece un feliz arranque para esta aventura de ver las historias de la vida latiendo a lo largo y ancho de esta piedra sobre la que se cifran todas nuestras esperanzas y nacen todos nuestros miedos. Es un mapamundi que ofrece un tapiz, más que de coordenadas geográficas, de evocaciones sobre esa presencia humana que florece y se adapta a cualquier circunstancia y en todas encuentra belleza. Y si algo agradecerá el lector durante su paseo es el mérito de evitar los lugares comunes que suelen convertir a las ciudades en tarjetas postales.

Los libros son propuestas estéticas, pero también estilísticas. Un procedimiento muy practicado en la confección de este inventario geográfico, es el de propiciar un cruce entre dos universos con el fin de dar paso a un tercero que se revelará por contraste, produciendo resultados muy logrados. Es el caso del texto titulado “Tamarindo”, cuya sutil resolución nos recuerda que en ocasiones el misterio de la vida produce poesía cuando expresa la belleza de su humildad. En otros casos, esa revelación se produce en la superficie de los hechos, construyendo un fresco con diversos grados de densidad, como sucede con las historias con las que llenamos la tierra.

 

La finalidad de la literatura no es emular la vida, sino recrearla de forma de darle sentido, cargando de significados los momentos vividos para convertirlos en símbolos. Con más eficacia lo señaló Jorge Luis Borges, cuando afirmó que “un hecho cualquiera —una observación, una despedida, un encuentro, uno de esos curiosos arabescos en que se complace el azar— puede suscitar la emoción estética. La suerte del poeta es proyectar esa emoción, que fue íntima, en una fábula, en una cadencia”.

Ese es el trabajo que asumió Gisela Capellín en las ciudades que pueblan Lunas compartidas. Tocará a cada lector dar con aquellas de esas cadencias que podrá hacer suya.

Los invito a sumergirse en ellas.

Presentación de Lunas compartidas, de Gisela Cappellin, el 1/12/2021 en la Villa Planchart

La huella del bisonte (capítulo 1)

Un viejo dictador quiso tentar su fortuna y perdió un plebiscito que daba por ganado. Era 1988, año en que Irán e Irak finalizaron su estúpida guerra con un score de cero a cero, y el oso soviético inició su retiro de Afganistán. El mismo en que Raquel se mudaría de la casa en la que vivió buena parte de la vida de su hija, acatando las instrucciones del destino, llegadas bajo el pedestre formato de una orden de desalojo.

La tarde que recibió el documento cumplía treinta y cinco años. Cumplía, también, cuatro meses desempleada. El documento lo recibió su hija, que antes de saber de qué se trataba, se había sentido importante atendiendo la inusual visita del cartero. Con la carta en la mano, la mujer lloró y maldijo al viejo cara de sapo, y la chica la secundó sin tener muy claro las implicaciones del asunto. Una de ellas es que su bicicleta no la acompañaría al que sería su nuevo hogar.
Sin saber que disfrutaba del último agosto de esas calles despejadas, la niña se inclinó sobre los pedales para aumentar la velocidad. Luego de un par de enérgicas pedaleadas, se dejó caer con suavidad, inclinando su cuerpo hasta tropezar la punta del asiento. Aprovechando el impulso y la larga recta, atravesó la calle balanceando la pelvis hacia delante y hacia atrás con expresión ausente, sintiendo la vibración producida por las irregularidades del asfalto, que se expandía a todo el cuerpo cada vez que se inclinaba sobre el manubrio.

Aunque la tarde estaba fresca y la brisa le daba de lleno, una expresión concentrada endurecía su cara de niña. Rodó sin prisa hasta detenerse frente a una pared verde agua. La puerta estaba entreabierta. Con un empujón de la rueda delantera entró en la casa, dejando en el pasillo la bicicleta y su duro asiento de cuero negro, humedecido por el dulzor de su intimidad.

Sin detenerse a saludar, subió corriendo hasta su cuarto.

¿Te acordaste?, preguntó una voz desde la cocina.

Me baño y bajo, respondió sin aminorar la carrera.

La piel le brillaba por el sudor. Olvidó llevar a casa la fruta que la mamá le había encargado del abasto, pero no quiso distraerse con eso. Estaba urgida por mitigar la agitación que había alimentado con cada pedaleada.

Y sabía cómo hacerlo.

Lo descubrió sin proponérselo, un par de meses atrás. Ese cuerpo que se le volvía extraño le había estado enviando perentorias señales, y una tarde calurosa cedió a su invitación, abriendo una puerta enorme. Luego de atravesarla, asustada por lo que había descubierto, huyó de la soledad de su cuarto y de esa pesada puerta que no sería fácil volver a cerrar. Una puerta que daba a un salón largo y húmedo, sin fondo aparente.

Ese día, en un impulso desconocido, agarró la bicicleta y se lanzó a la calle. Apenas se sentó, recibió una plácida descarga que se le regó por el cuerpo como leche tibia. Sintió en las caderas una mezcla de crispación y bienestar que se incrementaba en tanto ejercía presión contra el asiento de la bicicleta.

Comenzó a pedalear con fuerza, dando vueltas a la manzana. Lejos de disminuir, las sensaciones aumentaban con cada vuelta, como la temperatura dentro de su ropa interior. Como cuando tenía ganas de orinar, pero de un modo más inquietante.

Y más placentero.

Luego de varias vueltas, regresó a casa agotada. Al llegar a su cuarto, algo en el pecho, sin definición ni pausa, le impedía estarse quieta. Dejó entonces que el instinto tomara el control. Cerró la puerta, echó el seguro y, con prisa, se quitó toda la ropa. La mamá dijo algo que no escuchó.

Se me olvidó, respondió.

Las medias, la franela, el sostén, parecían casas arrasadas por un huracán. Del otro lado del mundo la mamá insistía en decir cosas que ella no lograba descifrar. Se paró frente al espejo y se sobresaltó. Cada día lo mismo. La chica desnuda frente a sí le parecía tan distinta a la que era apenas uno, dos años atrás. No dejaba de asombrarle con qué prisa le crecían los pechos, con sus manchas oscuras que se derramaban espesamente, como sirop de chocolate.

Se paró al lado de la cama que en un tiempo compartió con Sarah y Cristina, e inició los ritos que sus nuevas formas le sugerían. Ondular el cuerpo, mover las caderas, ensayar poses y miradas de vampiresa, bailando frente al espejo, sin quitarle la vista a sus trémulos pechitos. Una música venida de adentro le hacía girar la pelvis, con una cadencia rítmica y natural, como la de la cadena de su bicicleta.

Se convertía, entonces, en Madonna. O en Cindy Lauper. Cientos, miles de miradas masculinas deliraban ante sus movimientos. Otras veces se sentía Catherine Fullop, Gigi Zanchetta, Rudy Rodríguez, las heroínas de las telenovelas que seguía con devoción, acompañándolas en sus lágrimas y risas a través de las veleidades del amor. Vuelta de nuevo a su tarima imaginaria, sin detener la danza, comenzó a bajarse las pantaletas, con el mismo susto de siempre, mirando de reojo de cuando en cuando, como si viera furtivamente una película prohibida.

Desnuda del todo, con la prenda de corazones estampados enredada en uno de sus tobillos, se detuvo. Suspiró hondo, desde muy adentro, para aquietar la respiración. Le turbaba verse los huesos de la cadera, o los vellos que cubrían su pubis. Una lanita oscura, que comenzaba a tupirse. Se recorría el cuerpo con las manos y, aun sintiendo el contacto, no dejaba de sentirlo ajeno, de pensar que esa era una desconocida.

Sus novedades la excitaban tanto como las palabras que las nombraban. Verse en el espejo, tocarse y repetir vello púbico, provocaba un hilito de frío en su pecho. Nalgas, decía, y clavaba sus deditos en la carne. Pezones, y la mirada le brillaba y en sus labios resbalaba una sonrisa. Pezones, repetía y los rozaba con las palmas de las manos, o los halaba suavemente, mientras adquirían una turgencia inmediata. Le asombraba constatar las dimensiones que adquirían. Tocar y nombrar le generaba el deseo de seguir deslizando sus manos por esa piel que aún exhibía una tersura infantil. Apretó duro las piernas entre sí y suspiró cuando el ardor alcanzó sus caderas.

El instinto no requiere adiestramiento. Aunque le avergonzaba admitirlo, conocía el método para calmar esa inquietud cuando resultaba intolerable. Se metía al baño del cuarto, abría el grifo de la regadera y entraba en ella. El agua resbalaba por su cuerpo. Una mano abrazaba su garganta. Cerraba los ojos. Conocía el santo y seña y lo había convertido en ceremonia cotidiana. Deslizaba su índice desde la garganta hacia abajo, atravesando el pecho, el vientre, los más viejos recuerdos, la calle solitaria, los sueños impronunciables, el desasosiego, la lanita mojada… Cuando tropezaba con el sitio, daba un respingo.

Entonces comenzaba a frotar.

Después del baño, las emociones eran ambiguas. Aunque distendida, la abrumaba la culpa. Terminaba de vestirse cuando un sonido brusco la sobresaltó. Habían intentado abrir la puerta, y se alivió al recordar que había puesto el seguro.

Se enfría la comida, señaló una voz. Sin jugo, porque se te olvidó otra vez la fruta.

En un gesto mecánico agarró el cepillo y, aún temblando, se peinó frente al espejo.

Ahora te la pasas encerrada, se quejó la voz alejándose por el pasillo.

Karla echó un último vistazo al espejo en busca de elementos delatores y, al no encontrarlos, salió del cuarto. No sin antes buscar con la vista a Cristina y Sarah, que desde los clavos en la pared en los cuales fueron a parar hace algún tiempo, observaban con actitud neutral, sin juzgarla ni secundarla.

Es como un calambre rico que empieza aquí y se riega hasta acá, se confesaba a sí misma, tratando de explicarse lo que le producía el contacto de su dedo con el botoncito. Debo ser una enferma, se reprochaba en las noches, dando vueltas en la cama, intentando reprimir el deseo de seguir descubriendo. Pero era un calambre vicioso y había que tener mucha fuerza de voluntad para evitarlo. Sus manos de uñas cortas erraban por la quietud de la sábana hasta que caían, sin querer, en el botoncito.

En esas noches se dormía tarde, extenuada por la euforia.

La bicicleta te está sacando piernas de futbolista. Ve a ver si paras un poco, le repetía la mamá cuando, en las noches, veían televisión en la sala.

Karla, en guardia de inmediato, se estiraba instintivamente la batita de dormir para cubrirlas de la vista que husmeaba.

Pero sabía que era en vano. Raquel, que todo lo descubre, tarde o temprano se enteraría.